martes, 16 de abril de 2013

Selección natural




       



 "...yo tengo algo más con lo que ese inútil no sería capaz ni de soñar: Inteligencia."















 Selección natural

Por Daniel Rubio



            La miro y me dan nauseas. Es la mujer más bella que he visto en semanas; rebosa vida por cada poro de su piel, pero cuando habla y se muestra al mundo deja en evidencia los miles de años de evolución en el ser humano. Lo mismo me ocurre con él, un hombre alegre y musculado. Del tipo con el que cualquier mujer se acostaría para disfrutar de una larga noche donde no hace falta la conversación. Me dan asco. 

         Cuando salen del local me dispongo a seguirlos, pero sin ocultarme. El hombre se da cuenta y le murmura algo al oído a esa estúpida. Cuando se gira le sonrío, yo también sé seducir. Puedo decir que mi figura no es demasiado distinta a la de ese hombre, sólo que yo tengo algo más con lo que ese inútil no sería capaz ni de soñar: Inteligencia. La mujer enseguida queda hechizada en mi sonrisa, e incluso le cuesta volver la mirada. Lo que provoca que él también se gire hacia mí, serio, apretando las mandíbulas y expresándome con la mirada que no continúe por ese camino. A él también le sonrío, pero con cinismo. Y le contesto del mismo modo, en silencio. Parece que no acepta el reto y deciden caminar más deprisa. Les dejo marchar, los he olido y puedo seguirlos con los ojos cerrados. 

           No he tardado ni quince minutos en localizarlos de nuevo. Me detengo ante el portal y cierro los ojos para agudizar mi oído. A algunos no les gusta así, pero a mí es como más me gusta. Todavía no han empezado. Empujo la puerta del portal, reventando con facilidad el bulón del cierre y retomo el rastro de ambos en el hall de la entrada hasta llegar al ascensor, no me gustan los ascensores y decido ir por el hueco de la escalera, que es más rápido y menos claustrofóbico. Mientras asciendo voy relajando los músculos, olfateo y comienzo a visualizar cómo va a ser todo. Imagino cómo sus cuerpos se van fundiendo en sudor mientras se miran con lascivia. Cómo ella gime a cada sacudida y cómo la circulación de ambos se acelera justo momentos antes de llegar al clímax. 

         En la cuarta planta vuelvo a detectar su asqueroso perfume, y a partir de ahí, tan sólo queda saber qué umbral han cruzado. Ya no quiero olerlos más, ahora me centro en escuchar mientras paseo junto a todas las puertas, disfrutando de la oscuridad azulada que se me ofrece. Los oigo, por su burda conversación sé que están a punto de comenzar. No seré yo quien interrumpa, por el momento, y espero junto a la puerta. Paciencia es lo que me sobra. 

          Veinte minutos después escucho con claridad que están llegando al sumun del placer, soy incluso capaz de escuchar cómo los músculos de ese desgraciado se tensan como una eslinga. Justo en ese instante es cuando decido que ahora me toca mí y es hora de unirme a la fiesta. Coloco el canto de la mano sobre el bombín de la cerradura, la flexiono y le propino un golpe seco de modo que el sonido de la rotura se escuche sólo una vez. 

         —¿Qué ha sido eso? —se oye decir a ella. 

         —¿El qué? 

        —Ese ruido que se ha oído. —Replica ella, alarmada. 

        —Habrá sido algún vecino en la escalera. 

          En seguida él se dispone de nuevo a la fácil tarea de aumentar la libido de esa mujer. Dejo pasar unos minutos antes de encaminarme hacia la habitación. Y cuando entro en la habitación, lo hago sin disimulo. 

          —¿Pero qué coño? —Exclama él al ver la silueta de mi sombra invadir su espacio. 

           Cuando se gira, le vuelvo a sonreír. 

          —Serás hijo de puta —grita al tiempo que se pone en pie y se abalanza sobre mí. Y cuando le falta algo más de un metro para alcanzarme, lanza su puño. 

          Envuelvo su puño con mi mano izquierda mientras noto cómo el pánico se apodera de él. Ahora está listo. Le retuerzo con virulencia la mano, saboreando por anticipado el líquido de la vida y, sin dejar de aguantarle la mirada, muerdo su muñeca dejando escapar el fluido, cocinado a fuego lento con mis ingredientes favoritos: Sexo y miedo. Me gusta contemplar cómo la mirada de mi recipiente va perdiendo brillo, cómo esa alegría que antes rebosaba se apaga poco a poco con el pavor pintándole los labios con susurros de clemencia que ya no sirven para nada. Y unos segundos antes de que su corazón deje de latir, lo suelto para dejarlo caer al suelo mientras dirijo la mirada a esa estúpida que permanece en silencio. Me acerco al pie de la cama y cojo una de las sábanas para limpiarme las comisuras y la barbilla. Le sonrío, mostrándole mis colmillos con apetencia, a sabiendas de que ella me va a corresponder con una sonrisa a pesar de ver cómo me he bebido a su amante; pero como digo al comienzo, esa mujer hermosa es una tergiversación de la evolución humana. Y ya no tengo hambre, por lo que me conformo con romperle el cuello, dejando grabado en su rostro la sonrisa de una estúpida.

viernes, 18 de enero de 2013

EL CROKENTAZEM





Estuve a puntito de ser más que millonario, pero no sé porqué, el negocio no cuajó bien. Os cuento:


Por Daniel Rubio


          Resulta que el otro día, y como suele ser costumbre los viernes, llevé al bar de un amigo una docena de las croquetas que hago semanalmente con las sobras del cocido del jueves. Él me paga bastante bien por llevárselas, así que, como estoy en paro, no me puedo negar, amén de que son la delicia de su local y hay gente que paga una buena pasta cuando éstas son subastadas. El caso es que, el viernes pasado acudieron unos alemanes a su local al llegarle a sus oídos la fama que estaban adquiriendo sus croquetas. 


—Señor, nos gustaría comprarle la patente de la receta. 


—Lo siento amigos, estas croquetas son obra de mi magnífico amigo Daniel Rubio, junta letras donde los haya y, además, muy guapo el chico. 


—Preséntenos a su amigo y usted también recibirá una buena suma —le dijeron los alemanes. 


Y eso hizo, inmediatamente los trajo a mi casa. 


—¿Es usted Daniel Rubio? —Me quedé callado, debo reconocer que el tono que empleó para formular la pregunta me acojonó, así que, tras hacerle esperar unos segundos, me limité a asentir. 


—Queremos el secreto de tus croquetas y estamos dispuestos a pagar una cantidad ingente de dinero. Ahora Alemania marcha muy bien, ya que allí tenemos buena mano de obra española que trabajan mucho y cobran poco, además, nuestro Führer Merkel, como tiene a toda Europa cogida por los huevos, estamos cobrando grandes cantidades de dinero gracias a comprar deuda de los países ruinosos, y podemos pagarte hasta aburrirte. 


Joder, los ojos me hicieron chiribitas al escuchar que me iban a aburrir de pasta y, quizá, la ambición me pudo un poco. 


—Un milloncejo por adelantado y se vienen ustedes la semana que viene y van tomando nota de cómo hago yo mis croquetas.

—¿Un milloncejo quiere decir seis mil euros, comparando con vuestra antigua moneda? 


—No, inútil cabeza cuadrada, un millón de eurapios que me meto a la saca, o sus comís un rosco. 


Tardaron un poco en pensárselo, pero por fin aceptaron. No penséis entonces que ésta es la causa de mi ruina, pues ésa, en realidad, la desconozco aún todavía.  


Los alemanes volvieron al viernes siguiente con el millón de euros pactado, para antes de empezar, y un contrato donde decía que me darían anualmente un veinte por ciento de las ventas; y me puse manos a la obra. 


—Tomen nota, amigos, esto es algo que hay que hacer con suma delicadeza y no hay que pasar por alto ningún detalle… por insignificante que parezca, ¿ok?


Asintieron. 


Me serví un vaso de whisky antes de comenzar la tarea, como es costumbre, y comencé:

—Primero separo toda la carne de los huesos del pollo y el jamón del cocido, es un trabajo engorroso pero hay que hacerlo bien. 


—Nuestros nuevos ingenieros, cultivados a la salud económica que antaño disfrutaba España, inventarán una máquina de aire comprimido que hará ese trabajo para producir mucho y bien. 


—Pues vale…—les respondí a la par que me echaba otro vaso de whisky—. Ahora, hay que picar una cebolla mediana y un par de dientes de ajo así, bien picaditos con el cuchillo, pero que no quede muy grande, ni muy pequeño. 


—Nuestros nuevos ingenieros, esos españoles que nos estamos trayendo por la mitad de precio que los alemanes, inventarán una máquina que troceará la cebolla y el ajo ni muy grande, ni muy pequeño.

A partir de aquí ya se me empezaban a atragantar este par de tíos, pero la pela es la pela y no tuve más remedio que continuar…


—Ahora hay que hacer la carne en trocitos muy pequeños, porque a nadie le gusta encontrarse un zaraballo carne. Por eso yo los meto en la picadora de la Minipimer para que salga una masa perfecta de carne. 


—Nuestros ingenieros españoles diseñarán una picadora de carne industrial y nos venderán la patente muy barata. Después nosotros se la venderemos muy cara a un fabricante alemán, que no pondrá reparos en pagar una gran suma, puesto que ahora trabajan allí muchos españoles que trabajan mucho y cobran poco, y nos adjudicaremos otro invento, como el de ese barcelonés que inventó la Minipimer y que luego compró una gran casa alemana.


No pude más que suspirar, y meterme otro vaso whisky entre pecho y espalda. Aunque me quedé quieto unos segundos, hasta que recordé que tenía un talón por valor de un millón de euros en el bolsillo. Y continué:


—Bueno, ahora ponemos una sartén al fuego con un chorrito de aceite de oliva y echamos la cebolla con el ajo picado y sofreímos hasta que se poche la cebolla, es decir, hasta que ésta se quede un poquito transparente, ni más, ni menos. Hay que estar atentos, porque si por una de estas la cebolla se fríe un poco de más, el resultado va a ser muy distinto. 


—Nuestros ingenieros españoles low cost… 


A partir de aquí el bendito whisky comenzó a hacer su efecto, como todos los viernes, y ya no les di más explicaciones, nada más me dediqué a hacer la masa para las croquetas mientras los alemanes tomaban nota de todo cuánto hacía. 


Vertí la carne picada junto con la cebolla y el ajo, abrí el cajón donde guardaba la harina, y, por desgracia, también la farly que todos los viernes me traía mi Rey Majo (o su camello, no lo recuerdo bien), cogí una de las bolsitas cuyo contenido era blanco y eché cinco cucharaditas soperas. Claro, enseguida dudé, como todos los viernes, de si lo que había echado era farly o harina, ante la duda, esnifé una raya en la encimera de mármol de mi cocina. 


—Joer macho, pues que me he vuelto a equivocar y le he metío farly en vez de harina… pero no pasa nada, chavalín, que ahora le echo la harina y lo soluciono, siempre me pasa y al final a la peña le molan mis croquetas, ¿no estáis aquí para eso? Pues hale, hale, a tomar nota.


Eché en la masa las correspondientes cucharadas de harina y removí el contenido para que la harina después no sepa a cruda y añadí 750 ml de leche y un poquito de sal. Después, en vez de coger el bote de nuez moscada, pillé uno donde guardo el polen de mi cosecha de cannabis y espolvoreé un poco por encima. 


—Mierda, joer macho, qué desperdicio lío yo aquí todas las semanas, pues que le he vuelto a echar un poco de polen de la maría de mi última cosecha, pero no pasa ná, ahora le meto la nuez moscada como Dios manda, y lo arreglo. Esto me pasa todas las semanas y la peña el bar de mi colega se vuelve loca por mis croquetas. 


A continuación, removí durante unos minutos la masa que, poco a poco, iba cociendo en la sartén para que espesara. Cuando espesó lo suficiente, la retiré y la extendí en una bandeja plana, le puse un trozo de film por encima y, mientras lo dejé enfriar, invité a los alemanes a mi despacho y les ofrecí un whisky. 


Naim, naim, naim… —gritaron los dos al unísono. 


—Joer tíos, os parecís al Hitler en la película esa que sale el Brad Pitt… 


Me eché mi whisky, si rompía uno de los pasos en mi elaboración croquetil, tenía claro que no iban a salir como Dios manda, y, como todas las semanas, tras tomarme mis copitas, me entraron unos retortijones enormes y no tuve más remedio que ir al baño. Los alemanes, que se sentían un tanto confusos cuando los dejé solos, me siguieron y esperaron en la puerta, aunque creo que uno me estaba mirando por la rendija, ya que no me gusta cerrar la puerta del todo cuando bebo, por eso de si te caes y tal y luego no sabe nadie dónde estás. Tiré de la cadena y fui a la cocina mientras esos dos me seguían. 


—Ahora ez uando  hay que enlollal las cloquetaz  con er pan rallao y er perejil… —era evidente que el whisky estaba actuando, pero no me iba a dejar amedrentar, y me tomé otro vaso. Todos los viernes era la misma batalla.  


Cogí una cuchara del cajón y fui sacando porciones de la masa de las croquetas para hacer cilindros con mi mano. 


—Señor, no se ha lavado las manos —dijo uno de los alemanes. 


Tanquilo migo, eto me patxa toas las semanas y nadie se ha quejao, mis cloquetaz son las mejore de tó er mundo mundiá.
 

A partir de aquí ya noté yo que la actitud de los alemanes empezaba a ser algo tirante, pero no le di importancia y continué con mi labor. Atrapé la cuchara y cogí una bola de la masa y fabriqué un cilindro con ella, cuando fui a rebozarla, me di cuenta que no había preparado todavía el rebozado. Abrí la nevera, saqué un par de huevos, los batí y después, en un plato, vertí pan rallado. Luego quise coger un bote de perejil seco para mezclarlo con el pan rallado, pero una semana más, me confundí y vacié el glinder que contenía la yerba machacada del canuto que me acababa de hacer. 


Anquilos migos, eto me patxa toas las emanas… no e patanto. Hora etxo er perejí, y rezolucionao tó. 


Y así lo hice, eché el perejil, lo mezclé bien con el pan rallado y di una primera rebozada a la croqueta, después la pasé un poco por el huevo y le di otra rebozada. Hice cuatro o cinco y las freí bien. Pero cuando me giré para que las probaran, no estaban ni los alemanes ni mi talón por valor de un millón de euros, mas sí dejaron una nota pegada en la puerta de la cocina que decía así:

No podemos estar más indignados, has desperdiciado nuestro valioso tiempo y lo vas a pagar caro, tú, y el resto de españoles. Nuestro Führer Merkel ya lo decía, que en España sólo había corrupción y mano de obra barata, pero sólo hicimos caso a lo segundo. A Dios pongo por testigo que jamás os bajará la prima de riesgo, que aumentarán los casos de corrupción y que tan sólo podréis votar a dos partidos, amén de que provocaremos un hundimiento del Ibex35 con el que nosotros nos enriqueceremos comprando vuestras ruinosas empresas y aumentará el paro en España porque nos las llevaremos todas al extranjero.



Terminé de hacer todas las croquetas, las metí en un taper ware y me fui al bar de mi amigo para que éste las subastara en su bar. Me pillé el pedo del quince allí y, hasta hoy, no me había vuelto acordar de que una vez, estuve a punto de ser más que millonario. Y es que mi madre ya me lo advirtió de pequeño: Cualquier día tú solito te cargas un país entero. Aunque todavía continúo sin saber qué es lo que hice mal, ¡con lo que gustan mis croquetas!

sábado, 29 de diciembre de 2012

¿Dónde está mi ego?

 
 
 
 
 
“Tienes tanto ego para pensar que todo es gracias a ti, que luego no te queda nada para creer que algo pueda ser por tu culpa”  Frase leída en alguna parte de internet.
ego




Por Daniel Rubio


          Del año 2012 hay muchas cosas que tengo que borrar para volver a empezar, como la mayoría de los españoles. Pero en otros muchos aspectos se puede decir que estoy más que contento, uno de ellos, cómo ha mejorado mi blog en cuanto a visitas y lectores a pesar de que lo tengo más que abandonado. He llegado incluso a replantearme que tenía que darle un cambio de aires y comenzar a publicar otro tipo de textos y con algo más de asiduidad. Pero para seros sinceros, ni puedo ni me siento en esa obligación. Y por eso mismo, ya que últimamente se me acusa de ser un escritor (yo prefiero junta letras) sin ego, me he planteado una pregunta: ¿Dónde está mi ego?
En realidad me he dado cuenta de que sí que está ahí, conmigo, me vigila e incluso de vez en cuando lo oigo respirar (esto es metafórico, no penséis que estoy mal de la cabeza, que igual lo estoy, pero…). Por lo tanto creo que esa decisión forma parte de mi ego y por eso no me siento en la obligación de publicar con la misma reiteración que lo hacen otros. Pero también me he dado cuenta de que le doy un uso muy distinto a esto del ombliguismo, para algo está la sensatez. En primer lugar no soy un profesional, y, aunque lo fuera, ese sentimiento antropológico del yo no debería obcecarme pensando que todo está hecho y que es así como se hace. Porque si algún día llego a ese punto, será el día en que tenga que dejar de juntar letras, porque ya no tendría sentido si soy tan perfecto.
Yo pienso, y creo, que el ego debe estar con nosotros y formar parte de nosotros, pero que no debería cerrarnos los ojos. Y para eso está la sensatez, para pararle un poquito los pies y dejarnos ver que, a dos palmos de nuestras narices, existen miles de posibilidades, objeciones, combinaciones y peros que nos permitirán crecer en sabiduría y nos obligarán a exigirnos un poquito más a nosotros mismos. Si logramos controlar ese ego, es cuando de verdad nos volvemos quisquillosos con nosotros mismos. E incluso es el mismo ego quién te obliga a exigirte y progresar porque de verdad quieres hacerlo bien. Pero cuidado, esto también es infeccioso, porque para saber a ciencia cierta dónde tienes que mejorar y porqué, debes usar la sensatez, escuchar un poco a tu ego y no hacer caso a lo primero que te digan tienes que mejorar. De ese modo también te ciegas en seguir unas normas dictadas de ante mano que tampoco te van a dejar llegar mucho más allá de lo que de verdad puedes alcanzar.
Tengo ego, como todo el mundo, y seguiré experimentando, combinando, inventando y exigiéndome más en el año 2013, porque eso es lo que me ha enseñado mi ego: a escuchar y aceptar lo que piensen los demás, pero sin cerrarme demasiado los ojos como para no ver qué es lo que hago bien o qué es lo que me gusta o gustaría hacer. Y para todo lo demás, Mastercard.
¡Feliz 2013 a todos y espero que continuéis leyendo a este pobre junta letras de poca Fe!
También quiero dar las gracias a todos los que, a lo largo de este año, me han mostrado su afecto, ofrecido su crítica, me han leído y me han compartido. El año que viene más y mejor, espero.




jueves, 15 de noviembre de 2012

El observador


" ...no hay culpa pero sí un tributo"

531-6-1


Por Daniel Rubio

          Aquí he pasado incontables años, anclado a la más despótica de las soledades, disfrutando del calor del sol y la brisa que de vez en cuando logra sacudirme. He tenido que soportar el frío y su peso, algo esencial para después poder disfrutar del deshielo durante los primeros días de la primavera. Pero todo han sido sensaciones pueriles que nunca lograban conectarse con la realidad, aunque haciendo gala de mi gran imaginativa y gracias al Jacin, logré comprender qué son los colores o un amanecer, algo que para mí era una lacónica quimera.
          Fue a la llegada de la familia Guijarro cuando se despertó en mí ese gran interés por cómo sería el mundo en realidad. Y vislumbré que el mundo podía ser tan extraordinario como desalmado, un lugar donde se pasa de un extremo a otro con una destreza prodigiosa. Fue por lo que sucedió entonces por lo que ahora me voy a enfrentar a mi propio destino, yo fui…
EL OBSERVADOR
          —Tomás, Tomás —susurró el Jacin, que era el más joven de la familia Guijarro.
          —¿Ya es de día?
          —No, todavía no, ¿quieres que te cuente cómo es?
          Había intentado imaginarlo, pero nunca logré nada, para mí era pasar del frío de la noche, al calor del sol.
          —¡Sí, sí! Cuéntame cómo se hace de día, Jacin.
          —Vale, vale. Pero no grites o mi padre nos va a echar a patadas.
          Disfruté del amanecer como si cada palabra fuese un color tangible que me descubriera sensaciones prohibidas hasta ese día.
          —Aquí Tomás, siéntate en esta piedra y usa de respaldo el tronco de este doncel.
          —¿Ya ha empezado?
          —No, todavía está oscuro.
          El Jacin se esforzó en explicar cómo el cielo iba cambiando de tono, y lo hizo con la certeza de que cada color es equiparable a una sensación, por lo que me fue fácil identificar el cambio.
          —El cielo comienza a romperse en una franja de cobre, sólo le falta sacudirse para sentir cómo se rasga al dividir el día de la noche. El tono rojizo toma fuerza y transforma la oscuridad en un tono plateado, que ya deja intuir que va a ser un azul intenso cuando termine su metamorfosis —Jacin calló unos segundos, como si quisiera disfrutar de sus propias palabras. Enseguida continuó—. El rojo se siente en el corazón y la sangre, es el que provoca el cambio. Algo parecido a cuando estás enfadado o hambriento y te encuentras con el mejor halago o te ofrecen el mejor manjar.
»El plata es un color frío y siempre me recuerda al hielo, la sensación que me provoca es como cuando sales a soltar la boñiga una noche de escarcha…
          —Espero que el azul no sea como olfatearla, porque ver no veré, pero oler… ¡huelo que da gusto!
          Las risas provocaron que la madre del Jacin se asomara por la ventana de la cocina, que estaba justo enfrente.
          —¿Qué hacéis ahí? Venga a desayunar que hoy tenemos faena.
          —¡Pero si es domingo! —Despotricó el Jacin.
          —Viene don Fortunato de cacería y hay que recoger todo lo que mate, igual así comemos algo de carne esta semana. Así que venga, a desayunar los dos.
          La madre del Jacin decía a menudo que le gustaría ir a vivir a la ciudad, que como la guerra ya había terminado allí no pasarían tanta necesidad, pues en verdad, en La Finca, trabajan prácticamente sin descanso y por una paga que a la mujer le parecía miserable. Como único día festivo tenían los domingos (aunque era porque estaba prohibido trabajarlos), pero de ahí las continuas quejas del Jacin, que siempre tenía que salir a “lamerle el culo al señorito” para hambrear algo de caza.
          Don Fortunato mató dos ciervos nada más comenzar la cacería, por lo visto alardeaba de su buena puntería cuando conseguía hacerlo tan rápido, aunque el Jacin siempre decía que era normal, que los animales estaban tan acostumbrados a la gente que la rara vez que él iba a cazarlos ni siquiera huían. A mí me parecía una desfachatez matar animales tan nobles tan sólo por sus cabezas, pero no pensaba lo mismo el Jacin.
          —¡Madre! Dos ciervos que ha matao el señorito —dijo con ironía y a la vez alegre—. Y lo mejor es que no quiere la carne, dice que es dura y que sabe a demonios…
          —¿Pero dónde están? —Le interrumpió bruscamente la madre, que estaba entre contenta por la buena nueva, y enfadada viendo que su hijo traía tan sólo un par de perdices.
          —Madre, a ver si cree que son conejos que puedo traer al cinto, voy a por el burro y con suerte los podré traer, aunque sea a arrastras, porque no sé si aguantará el carcamal.
          Preparó el burro y se dispuso a marchar, pero su madre salió tras él.
          —¿Adónde vas tan deprisa? —El Jacin se detuvo y miraba contrariado a su madre, ya que antes parecía recriminarle no haber traído primeramente a los venados—. Pensabas traerlos y cargarme todavía más —añadió a modo de afirmación lo que parecía una pregunta—. Toma el machete y más te vale que vengan apañaos, no aguanto la olor que dejan cuando les sacas todo.
          Jacin era muy obediente y trabajador, así que, a pesar de que el encargo de su madre no le era de agrado, cogió el machete y asintió con una sonrisa. Así despejó todo lugar a dudas de que ese chico era el alma de la familia Guijarro.
          Llegó a la casa alrededor de las seis de la tarde, el cielo ya se teñía en púrpura, como solía decir el Jacin, un color que le transmitía paz y fuerza porque significaba el fin para dar lugar a un nuevo comienzo, y aquél parecía un buen final para abordar con fuerza el día siguiente. Pero la alegría pronto se vio enturbiada por la aparición de Amancio, su padre, que venía hacia la casa medio borracho y acompañado por tres hombres, tres maquis que se escondían por las montañas rayanas a La Finca.
          Por lo visto, Amancio había alardeado en la taberna del pueblo, que estaba a unos cinco quilómetros de La Finca, sobre la cacería de don Fortunato. Esa era la mala costumbre que tenía el hombre, hablaba de más en cuanto bautizaba su estómago con un par de vinos, algo que su esposa le recriminaba constantemente.
          —Bien, ¿dónde están los bichos? —Preguntó el que parecía llevar la voz cantante del pequeño grupo de maquis.
           —Supongo que en la casa… —en la voz de Amancio se apreció el temor que le profesaba ese hombre.
          —¿Qué ocurre, padre? —Preguntó el Jacin.
          —Estos señores vienen a por los venados de don Fortunato.
          —¡Y una mierda! Es con lo que vamos a pasar el invierno…
          Uno de los hombres corrió hacia el muchacho y le dio un golpe en el estómago con la culata de la escopeta.
          —Nosotros también pasamos hambre —añadió el que ya di por sentado que era el jefe—. La guerra hizo estragos y tú no mereces más que nosotros esa carne, al menos nosotros seguimos luchando, pero os dejaré uno de los bichos con una condición.
          —¿Cuál? —Preguntó Amancio.
          —Que regresaremos algunos domingos a recoger provisiones como harina, huevos, caza, lo que sea o pueda, ¿me ha entendido?
          Amancio miró a su hijo, que estaba en el suelo encañonado por el chico joven que le había propinado el golpe.
          —Está bien, ¿cuántos sois?
          —Eso no te incumbe, prepare lo que buenamente pueda y procure no irse de la lengua. Le aseguro que no estamos solos en el monte.
          —No lo haré, señor —a Amancio le tembló la voz.
          —Hijo, deja al chaval y trocea en tres el venado más grande, no importunemos más a esta buena gente.
          El Jacin se desinfló en cuanto dejaron de apuntarle con la escopeta, pero, a pesar del alivio, no hizo ademán ninguno por moverse.
          A pesar de que los padres del Jacin parecieron haberse resignado a compartir sus víveres desde entonces, el Jacin no lo hizo. Por suerte su entereza doblegó a tal sentimiento de moralidad flexible.
          —Tomás, ¿por qué nos pasan estas cosas a nosotros? —Preguntó el Jacin en tono lastimero—. Cuando la guerra, mis padres se vinieron aquí para evitar que me pasara algo, y el pobre hombre nunca ha creído en más política que sus manos. Es como si al haber esquivado la cuita ahora quisiera azotarnos con su látigo.
          —No lo sé Jacin, soy algo mayor que tú y debo decir que he salido bien poco de La Finca, pero las pocas noticias que me han llegado cuentan cosas atroces que hicieron los de uno y otro bando. No puedo creer que haya uno bueno. Y esto que nos pasa ahora son daños colaterales, no hay culpa pero sí un tributo.
          —No sé amigo, pero tampoco me agrada ver así a mis padres, preocupados por cómo vamos a conseguir ese suministro sin tener que tocar el nuestro. Y ya sabes que don Fortunato no nos deja cazar, si se enterara…
          —¡Tengo una idea!
          El Jacin pareció asustarse ante tal exclamación y se puso en pie de un brinco.
           —No, Tomás, el disparo se oiría hasta en Narboneta, no me voy a arriesgar…
          —¿Pero qué dices, quién ha dicho nada de disparos pudiendo colocar cepos o lazo?
          Al Jacin pareció convencerle la idea y volvió a tomar asiento.
          —¿Y dónde puedo conseguirlos si no tengo ni un real?
          —De la casa de las ratas.
          La casa de las ratas, en realidad, era un rento antiguo que terminó en la ruina por un incendio, el cual empezó en la cocina y se extendió por el tejado. Desde entonces sólo se utilizó para almacenar la paja de las caballerías, aunque las ratas también supieron sacarle provecho y se instalaron allí procreando hasta llegar a ser una plaga prácticamente indeterminable en cuantía. Recuerdo que el Jacin decía algunas veces que allí había ratas como conejos y que en varias ocasiones, sacando paja para hacer las camas de la caballería, le habían plantado cara.
          —Sí, es buena idea, la semana pasada oí a don Fortunato que mandó a mi padre a por medio centenar de cepos, amén de exterminarlas a todas —dijo el Jacin en un tono casi inaudible que indicaba que estaba recabando en su mente lo que iba a hacer.
          Para el miércoles ya se había hecho con los cepos y los había colocado en puntos estratégicos bien conocido por él y eran paso habitual de perdices. Dijo que esa semana se iba a dedicar a ellas, y que si caía algún conejo, iría al arroz de su madre. Todos los días acudía dos veces a los lugares donde estaban colocados los cepos e iba haciendo acopio de cuanto iba cazando. El sábado llegó don Fortunato y mandó a Amancio al pueblo para que contratara jornaleros para labrar las tierras que iban a la siembra ese año.
          —Tomás, te diría que miraras a mi padre, pero en estos momentos te envidio.
          —¿Qué ocurre?
          —Que va como una cuba, a duras penas puede andar. Ya decía yo que tardaba demasiado, más le vale que hoy no le levante la voz a mi madre o le abriré la cabeza.
          —No digas tonterías, sabes que tu padre se pone cabezón, y algo chillón si cabe, pero jamás os ha levantado la mano.
          —¡Faltaría más! Este hombre es cada día más sinvergüenza, si seguro que se ha gastado ya media paga, ¿cómo vamos a salir de aquí si, en vez de guardar, se gasta lo que tenemos y lo que no, en vino?
          —No es eso, Jacin. Seguro que el hombre tampoco lo está pasando bien y se ha entretenido un rato jugando al tute o la brisca y ha ganado los vinos en el juego.
          —Déjalo Tomás, no me vas a convencer. Voy a preparar los ataeros para las perdices, que mañana seguro vienen por ellas y no quiero que me vea ese borracho.
          No tuvo a bien don Fortunato salir de caza aquél domingo, pero el ambiente que se distinguía por allí no era, casualmente, de un día festivo. El derrame del gentío descontrolado, y antes precedido por la Guardia Civil, era incesante. El Jacin estaba notoriamente preocupado porque parecía ser que su padre había sido la causa, pero lo estaba todavía más por si, entre tanto ir y venir, alguno de éstos daba con el escondrijo que había habilitado para las perdices, pues de su padre pensaba que quizá había tenido alguna riña en el pueblo con alguien de peso y éste, a su vez, lo estaba refrenando echando mano de su mejor posición. Y más que a eso, a las consecuencias que podía tener para su familia si los echaban de aquél rento por desobedecer algo tan básico y simple: no cazar en La Finca.
          A media tarde el Jacin logró enterarse qué hacían allí toda esa gente y la Guardia Civil, por lo visto Amancio comentó en el bar sobre la visita de los maquis el domingo anterior, y el tabernero, que semanas antes había sufrido el asalto de los maquis en su propio negocio, decidió dar parte en la Casa Cuartel de Mira.
          —Este hombre debe ser retrasado, Tomás. No se conforma con ponerse hasta las orejas de vino, que ahora pone en peligro a toda la familia por su falta de continencia lengüil.
          —No sé qué decir ahora, Jacin, pero creo que igual esto nos puede venir bien. Ten en cuenta que si pillan a esos desgraciados ya no tendrás que furtivear y arriesgar así el porvenir de tu familia.
          —Siempre le sacas partido a todo y lo desvías hacia el lado bueno, y te lo agradezco, pero algo me dice que esto no va a terminar bien.
          Justo cuando el crepúsculo vespertino marcaba el cielo, se hizo el silencio alrededor de la casa. Los guardias civiles y algunos voluntarios se habían ido escondiendo tras ribazos y matas esperando la aparición de los maquis. Y entrando ya la oscuridad en juego y con el pequeño ejército colocado estratégicamente, se oyó cómo un reducido grupo se acercaba por la cara norte de la casa sin esconderse lo más mínimo. Las órdenes se susurraban de una parte a otra mientras preparaban las armas. Todo fue muy rápido. Y por lo que contó el Jacin, muy violento.
          —¡Alto todo el mundo! —Se oyó gritar mientras amartillaban las armas.
          Y comenzó un intercambio de disparos que duró unos quince minutos, incluso yo tengo alguna marca todavía por aquello que sucedió en el rento de La Finca; y que años atrás, y hoy todavía, son objeto de curiosos que se conforman con algo tan baladí como una marca, sin querer saber más allá de la verdad de lo que ocurrió aquí. Por lo que algunos hombres decían cuando terminó el tiroteo, se apreció claramente que iban cuatro maquis hacia el rento, pero cuando comprobaron las bajas del bando enemigo, pues las de ellos mismos ni se molestaron en contarlas porque ya sabían que con tanta ventaja no iba a haber ninguna, se quedaron todos desconcertados, tan sólo tres cuerpos yacían en la tierra del sembrado. Uno de los cuerpos que vio el Jacin fue el del hombre joven que la semana anterior le había golpeado y encañonado con su escopeta.
          Tras todo el suceso vino una aparente calma que navegaba a la deriva y enturbiaba más el ambiente, si cabe. El Jacin se había convertido en un autómata que no se dedicaba más que a sus tareas del campo. Amancio, por su parte, se emborrachaba más a menudo e incluso algunas noches las pasaba fuera. El resto intentaba no decir nada y seguir con su vida, aunque ya la sabían marcada. Y lo que más me sorprendió fue que nadie abandonó el rento como hubiese sido de suponer.
          El barrunto que sintió el Jacin cuando se preparó la emboscada al grupo de maquis, se cumplió un mes después. Eran alrededor de las seis de la mañana cuando sentí que se acercaban a la casa un pequeño grupo de personas, que por sus pasos se intuía que iban con malas intenciones.
          —Está todo el mundo durmiendo —se oyó decir a uno—. Id preparando el fuego y la soga, que la podéis atar a la rama de ese doncel. Tú, conmigo adentro —y acto seguido se oyó un fuerte golpe enmaderado y más gritos.
          —¡Tomás! ¿Dónde está Tomás? —La voz del Jacin estaba desgarrada—. Hijo de puta, eres un maldito hijo de puta… —debieron darle fuerte porque el quejido pareció retumbar.
          —Calla desgraciado, si tu padre no se hubiese ido de la lengua esto estaría más que evitado. A mí me han robado un hijo y ahora soy yo quién quiere arrancar otro.
          —No, no, no —gritaba el Jacin nervioso mientras yo notaba cómo ataban la cuerda en mi brazo y tiraban para comprobar que era resistente.
          —El chico primero, que lo vean bien su madre y el borracho de su padre.
          Los gritos de la mujer, desesperados, desgarraban la fibra más resistente, solo de recordarlos se me vuelca el alma.
          Noté un tirón seco y pesado, por un instante se hizo el silencio, hasta que un grito, más desgarrador que el anterior, más roto y más potente, despedazó el aire. La madre del Jacin tuvo que ser sujetada mientras veía el cuerpo de su hijo pender de la cuerda a merced del viento.
          —Mira lo que has hecho, mira —le recriminaba a su marido.
          Y Amancio no recriminó a su esposa, quizá estuviese deseando que todo terminase cuanto antes, seguro que intuyó que iba a ser el siguiente.
          —Esto es lo que les pasa a los bocazas —le dijo el jefe de los maquis a Amancio—. Colocad otra soga, este cerdo ya no va a hablar más.
          Noté la segunda soga, los mismos tirones que respondían a que estaba bien hecho el nudo y otro tirón seco. Los cuerpos inertes de Amancio y del Jacin quedaron bajo mi custodia. A partir de ahí solo recuerdo silencio y soledad hasta que todo aquello también terminé pagándolo yo. Como dijo Tomás, no hay culpa, pero sí un tributo. Un tributo que yo también voy a pagar con mi vida solo por haber sido un espectador.
          —¿Tomás, seguro que quieres talar este doncel con la buena sombra que tiene?
          —A mí no me interesa su sombra, Germán. Cada vez que toco este árbol, y noto las marcas que dejaron los disparos, me trae malos recuerdos. Al menos que sirva para calentarnos.
          No sentí dolor…