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EL SOMBRERERO

EL SOMBRERERO

          En el año 1850, Juan Valdemoro tomó la decisión de pasar el negocio a manos de su hijo. La edad ya no le permitía desarrollar el oficio con la misma habilidad de años atrás y él bien sabía que este día iba a llegar, al igual que le llegó a su padre cuando tomó él mismo los mandos de la tienda en la calle San Vicente Mártir, o como le ocurrió a su abuelo cuando le cedió el mando a su padre. Y así, hasta retroceder cuatro generaciones. Solo había una diferencia entre él y Juanito Valdemoro, su hijo: Que el chico que iba a tomar el mando era tan corto de entendederas que en la mayoría de las ocasiones se parecía más a un defectuoso bufón de feria, que a un hábil comerciante y buen hacedor de sombreros. Por eso, Juan Valdemoro, decidió ir preparándolo con cuatro años de antelación para poder llegar despejado a su más que merecida jubilación tras cincuenta años en el oficio.

          — Hijo, una de las cosas que más claras debes tener, es que no hay nada en la vida que duren menos tiempo juntos que un tonto y su dinero —le decía el padre de vez en cuando.

         — Lo sé padre, mas tenga en cuenta que yo no soy tan manejo en los números como usted —solía despotricarle Juanito—. Pero dé por seguro que antes de tomar cualquier decisión que implique la inversión de buen capital, la meditaré antes un mínimo de dos días.

           — Eso está bien hijo, muy bien… —decía Juan Valdemoro cuando se quedaba convencido a medias.

          El tiempo transcurría demasiado lento para Juan Valdemoro, que veía como su hijo aprendía a llevar el negocio con la misma habilidad de un niño de siete años. Pero este hombre estaba hecho de una pasta especial y no iba a permitir que su hijo fuese un inútil de por vida, así que, viendo la ineptitud del pródigo, pasó a la acción con simples lecciones comerciales y de marketing… ¿Cómo llamarlas? ¿Subliminales, quizá? Hmm, sí, esa definición podría servir para el caso.

           — Hijo, si una cosa me han grabado a fuego en mi mente de acero, es que siempre hay que predicar con ejemplo, y en tu cabeza llevar siempre un sombrero.

           — ¿Y eso por qué, padre?

          — Porque nunca hay que presumir de lo bueno que es uno en su oficio, pero sí que puedes enseñar a toda Valencia lo bien que hacemos nuestros sombreros.

          — Pero si la gente ya sabe que somos los mejores en lo nuestro.

           — Lo saben, sí, pero siempre hay que dejar constancia de ello. Y ser perseverante en lo emprendido, pero sobre todo, no hay que desviarse de las directrices de esta casa tras soportar cuatro generaciones.

          — ¿Y cree usted, padre, que puedo entonces fabricar algún que otro modelo? En la calle Serrería ha abierto un buen señor de dinero una tienda con los más variopintos sombreros. Fíjese, padre, que hasta para señora y señorita tiene el Don Carmelo.

           — Otra cosa te digo, hijo, el progreso es para los progresistas de buena cartera y con poco temor a perder el dinero, pues eso son inversiones de mayor riesgo.

          — ¿Riesgo, padre?

          — Sí hijo, eso no son más que modas pasajeras que vienen del extranjero. Y no he callado que el buen hacer de esta casa durante cuatro generaciones, cinco, contándote por adelantado, nos han mantenido a buen recaudo de los altos y bajos que otros comerciantes sí que han soportado. Buen hacer, seriedad y puntualidad con tu trabajo te permitirán poner un plato de lentejas en la mesa y, de vez en cuando, visitar la taberna del Honorio o ir al teatro.

          — Fíjese padre, que yo he pensado… —pero Juanitó calló al ver el rostro de su padre, contrariado.

          — ¿Pensado?

          — No, nada padre.

          El padre colocó en la cabeza de madera el sombrero que recientemente había terminado y se acercó a su hijo marcando el paso sobre el suelo embaldosado.

          — Dime eso que dices haber pensando, no temas expresarte si crees no estar equivocado.

          — No es nada padre, solo que había pensado, que con la llegada del tan ansiado tren a Valencia también lo harán mozas de buen tacto que sepan apreciar lo que hemos trabajado.

          — No entiendo adónde quieres llegar…

         — Espere, padre. Quiero decir, que bien podríamos empezar a contemplar la posibilidad para, a largo plazo, atender a todas esas mozas que de buen seguro querrán uno de nuestros sombreros.

          — Las mujeres no usan sombrero de caballero, no digas más tonterías —quiso callar el padre, pero el hijo ya estaba lanzado.

           — Lo sé padre, por eso mismo he estudiado cómo hacer unos buenos sombreros que en París están causando un furor descontrolado entre las damas más elitistas del continente. Tengo controlado que el precio de coste es muy inferior a lo que ahora estamos trabajando y, además, lo podemos vender a casi el doble de los que ahora tenemos.

          — Hijo, no sé cuántas veces te tengo que decir que esta tienda, y estas manos, tan solo han fabricado sombreros para hombre, y ya te he dicho yo antes, que te vayas olvidando de esas modas pasajeras, que ya verás tú como el Don Carmelo ese que mencionas verá el cese de su negocio en cuanto haya pasado. Ahora cierra ya la tienda, ponte tu sombrero y vamos donde el Honorio a por un buen tintorro y vacía tu cabeza de ideas surrealistas. El tren a Valencia, dice…

          Y así quedó convencido Juanito Valdemoro, que tras llegar de donde el Honorio, rompió los dibujos de los bonitos sombreros de señora que el mismo había diseñado. A partir de entonces no se limitó más que a aprender el oficio que su padre, con tanto arte y ahínco, le iba mostrando y se olvidó por completo del tren, los sombreros de señora, e incluso, de que eso es lo que más le habría gustado.

          En el año 1852 los rumores de la llegada del tren a Valencia dejaron de serlo, pues en la calle Sagrario de San Francisco habían comenzado las obras para la nueva estación en unos terrenos que antaño pertenecían al clérigo. Incluso muchos ciudadanos de la ilustre Capital del Turia ya especulaban con los beneficios que obtendría la ciudad a su llegada.

          Y por fin, en el año 1854, el mismo en que su padre tenía pensado cederle el mando, se finalizó la construcción de la línea de ferrocarril que iba desde Valencia a Játiva, con una distancia total de 56 kilómetros. Juanito ardía en deseo de ir a verlo cuando llegara el día de la gran inauguración, pero como su padre le había enseñado, el progreso no era empresa para un Valdemoro, menos todavía, para un buen sombrerero. Y por eso mismo, todos los días hacía un esfuerzo magnánimo por ensordecer esa petición de su mala voluntad.

          Su padre le cedió el mando el mismo día de su cumpleaños, el 17 de septiembre de aquél año, justo dos meses antes de la gran inauguración. A Juanito le costaba mantener la concentración y de vez en cuando, en un fugaz pestañeo de mala conciencia para sí mismo, recordaba aquéllos modelos de sombrero que pretendía vender a señoras y señoritas de corte y estatus de lo más variado.

          Y llegó el día…

          Había revuelo en Valencia y Juanito lo contemplaba a través del estrecho escaparate de la calle San Vicente Mártir. A cada oleada de gente dirigida hacia la calle Sagrario de San Francisco sentía la necesidad de cerrar la tienda e ir a admirar junto a sus conciudadanos la tan deseada llegada del tren a Valencia, aunque pronto volvía a reprimir el deseo por hacerlo. Hasta que entró en la tienda el bueno de Honorio, el tabernero.

          — ¿No vienes a ver la llegada de nuestro primer tren, Juanito?

          — Me pillas ocupado, Honorio.

          — ¡Qué va! Si no será más que un momento, pues cuando estaba en la taberna he oído silbar a esa máquina del demonio y el local se me ha quedado medio lleno. Todos a la calle y punto resuelto, y no creo que tarde en llegar.

          Juanito se quedó meditabundo un instante, que no fue más que el tiempo justo que necesitaba para llegar a la conclusión de que esto solo va a pasar una vez en la vida, que por cerrar la tienda una hora no iba a buscarse la ruina, y que no iba a saltarse ninguna de las normas que su padre le había enseñado con tanto ahínco.

          — No creo que venga ni un cliente en estos momentos, pues toda la ciudad está para recibir esa máquina del demonio que mencionas, así que… —buscó algún inconveniente que se lo impidiera, pero como no encontró nada, añadió—: ¿nos vamos?

          — Venga, vamos a coger sitio antes de que los holgazanes se hagan con las mejores plazas.

          Juanito se puso su elegante chaqueta de color gris y cogió las llaves de la tienda del clavo que su padre había colocado para que no se le perdieran y salió de la tienda para cerrarla a cal y canto y comprobar con tres empujones que había cerrado correctamente, tal y como su padre le había enseñado, y partió para la calle Sagrario de San Francisco junto con el tabernero.

          Juanito quedó estupefacto por el cambio que había dado el centro de la ciudad, aunque eso no era de extrañar, ya que los últimos cuatro años de su vida se los había pasado en la tienda vendiendo y haciendo sombreros y apenas sí había dado una vuelta por el local que regentaba Honorio. Pero lo que en realidad había llamado su atención, fue como centenares de tiendas de moda se habían aglutinado alrededor de la nueva estación. Tiendas de alta costura o de telas de mil tipos diferentes. Zapaterías de alta gama y vendedores de esparteñas, y lo que le hizo estirarse de los pelos: ¡CINCO TIENDAS DE SOMBREROS PARA SEÑORA Y SEÑORITA DEL ACAUDALADO DON CARMELO! Había oferta de cualquier tipo para vestir las cabezas de la gran variedad de mujeres que llegarían a la capital, modelos que él, un día, llegó a imaginar e incluso dibujar con intención de ponerlos en el escaparate de la tienda cuando tomara el mando, pero eso infringía las enseñanzas de su tan sabio padre, con que se consoló con que pronto cerrarían y esa moda pasajera desaparecería. A la sazón oyó algo a sus espaldas:

          — Eh, mira, ¿ese no es Juanito, el hijo de Juan Valdemoro el sombrerero?

          — Sí, el mismo —dijo la otra voz.

          — Pues no lleva sombrero —al escucharlo, Juanito se echó la mano a la cabeza en busca del sombrero que la debía cubrir— y un amigo me ha dicho que tiene la tienda cerrada, que ha ido para que le arreglara uno para la boda de su hermana.

          — Buah, habrán pasado ya de moda, ¿no ves la oferta que hay por aquí para señora?

          — Cierto, ni una sola que haga para caballero.

          Juanito tenía el alma en vilo por la tan cruel afirmación de esos a los que él no podía ver al tenerlos a las espaldas. Se giró para explicarles que tan solo había cerrado un momento para ver la llegada del tren, pero cuando vio a los charlatanes deshacerse de sus elegantes sombreros tirándolos al suelo, recordó: “Hijo, si una cosa me han grabado a fuego en mi mente de acero, es que hay que predicar con ejemplo, y en tu cabeza llevar siempre un sombrero.”

          Por una simple ilusión había descuidado una de las enseñanzas de su padre. Y para ahogar las penas, se castigó para ir de nuevo a la tienda sin ver llegar el tan ansiado tren a Valencia, que ya silbaba divulgando su llegada. Solo se detuvo una vez para mirar a su alrededor y comprobar una vez más cuánto había cambiado el centro de Valencia, y también recordó lo que le dijo a su padre: “…he estudiado cómo hacer unos buenos sombreros que en París están causando un furor descontrolado entre las damas más elitistas del continente…”

          Lo cierto es que Juanito se ciñó de un modo muy estricto a cuanto le había enseñado su padre y dejó de lado sus ideas e ilusiones porque una vez, un hombre, le había dicho que con eso no llegaría a ninguna parte. Aunque también es cierto, que se saltó uno de los puntos clave que su padre se había obstinado en que le quedase claro: Siempre con sombrero.

          Ahora que cada cual saque su conclusión, porque colorín colorado, este cuento… ¿ha terminado?

El ladrón de almas

El ladrón de almas

          Román entró en la habitación dispuesto a terminar con el sufrimiento que había comenzado hace un año con la pérdida de su esposa. La oscuridad del cuarto parecía querer arrancarle el alma de cuajo, pues tras esa oscuridad todavía podía oler su perfume. E incluso si cerraba los ojos, era capaz de escuchar cómo lo llamaba. Si acariciaba el aire polvoriento, notaba su piel en un breve arrebato de magia conocedora de lo imposible. Román ocultó su dolor y agonía en noches tórridas con sabor a whisky y mujeres de amor fácil.

           No hizo amago por encender la luz, conocía demasiado bien esa habitación y con la escasa luz que se colaba por el umbral era suficiente. Abrió el armario tanteando entre las perchas hasta que un sonido plastificado delató que había encontrado lo que buscaba. Con sumo cuidado, extendió una por una las prendas sobre la cama. La pesadez que sintió mientras se desvestía se le antojaba extraña, viendo el ambiente enrarecido o sin gravedad alguna. Sus movimientos eran, como poco, solemnes.

          Lanzó una mirada rápida a una de las vigas del techo que su mujer se empeñó en barnizar y dejar al descubierto para darle calidez al cuarto. Román pesaba cerca de cien kilogramos y se preguntó si sería capaz de aguantar su peso. De debajo de la cama sacó la soga con la que perpetraría su propio asesinato y la lanzó al aire para cruzarla sobre la viga de mobila. Logrando encaramarla en el primer intento. Se dijo para sí mismo que eso era una señal. Acercó una de las butacas que había junto a la cómoda y se subió encima con la única intención de hacer un buen nudo a la cuerda, no quería que este se deshiciese con su peso. Comprobó que todo estaba en orden y comenzó a enfundarse las prendas que había colocado en la cama.

          Al tiempo que Román se inclinó hacia delante para atarse los cordones de los zapatos, llamó su atención una tenue luz blanca con cierto tono purpúreo que nació de la nada. Alzó la mirada, pero tuvo que mirar hacia atrás para averiguar de dónde procedía esa emisión. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos, aún así, se echó hacia atrás quedando prisionero entre el ánima y el armario.

          —¿Clara? —Llamó Román.

          Pero el ente, en vez de responder a su llamada, se lanzó contra él y le introdujo la mano en el pecho atrapando el desenfrenado corazón de Román, que de no ser por la fuerza que ejercía la luminiscencia, habría caído al suelo.

          —Hay quién te espera al otro lado a causa de la vida que has llevado en el último año y que pretendías encumbrar con lo que ibas a hacer ahora. Y no me gustaría que tu agonía perpetuase eternamente junto al ladrón de almas —Román no podía más que mirar al ente sin terminar de comprender lo que le estaba diciendo—. Pero tranquilo, yo estoy aquí.

          Román amaneció vigilado por uno de los médicos que se habían encargado de él durante toda la noche. Miraba todo cuanto había a su alrededor sin comprender qué es lo que había ocurrido. Todavía palpitaba en su cabeza lo que había acaecido en su cuarto, solo que era como si hubiese sido un sueño.

           —¿Qué ha pasado? —Se decidió a preguntar.

          —Le ha dado un infarto, Román —contestó el médico mientras lo auscultaba—. Y debería darle las gracias a su asistenta, que fue quién llamó y lo pudimos coger a tiempo.

          Pasó una semana confinado en aquella habitación de hospital sin molestarse en saber cuál era. Ni siquiera quiso saber más de la llamada que lo había llevado allí con vida, pero él no tenía asistenta y eso sí que lo tenía claro.

          Cuando llegó a su casa lo primero que hizo fue subir a la habitación. No quedaba ni rastro de la soga que anudó en la viga. Abrió el armario y comprobó que el traje de su boda todavía permanecía en su funda de plástico. Pensó que todo era muy extraño y comenzó a sentirse aturdido, decidió ir hacia la cocina para prepararse una copa de whisky y se fijó en el teléfono que había junto a la entrada de la vivienda, que pendía del cable rizado casi rozando el suelo. Lo recogió y se lo colocó en la oreja, pero tan solo un zumbido intermitente se apreciaba al otro lado. Lo colgó y se encaminó a la cocina, pero justo en ese momento sonó el teléfono. Retrocedió los dos pasos que había avanzado y se colocó el auricular, dejando entre este y su oído una distancia prudencial.

          —¿Diga? —Contestó.

          —Vive.

Libertad condicional

Libertad condicional

          La imaginación como arma de infinitas posibilidades no es una utopía. Hay personas que gozan de ella como si estuviesen sumergidos en una realidad que se ve patidifusa por los acontecimientos que ellos mismos van amañando, no tanto para engañar a los demás como a ellos mismos.

          De no ser por esta grandilocuente habilidad, seguramente no estaríamos sumergidos en esta situación miserable de desamparo humano. ¿No fue acaso el dinero un arrebato creativo? Sí, está claro que alguien tuvo que tener esa estupendísima idea y está todavía más claro que alguien supo cómo utilizar la imaginación del otro para sacar partido. Hasta ahora la imaginación nos ha sacudido más cuchilladas en contra que a favor. ¿Quién tuvo a bien imaginar que un día existiría un sistema político tan perfectamente organizado que en tiempos de crisis son los únicos que conservan privilegios? Son demasiadas las preguntas que nos tenemos que hacer para lograr comprender qué mierdas nos ocurre. Y por desgracia, ninguna va a encontrar la respuesta honesta y necesaria para vislumbrar nuestra miserable existencia. Una vez más la imaginación juega un papel importante en la historia, que sirve incondicionalmente al poder falseando hechos pasados para que se amolden a lo que se quiere lograr en un futuro.

          Es muy heroica la imaginación de aquél que ventiló que la democracia nos pondría a todos al mismo nivel y que sería el pueblo quien tuviese el futuro de naciones enteras en un trozo de papel. Pero una vez más renovó a un ente aciago, pues en verdad tengo la sensación de estar viviendo en multitud de dictaduras que se disuelven en nuestro día a día. En el trabajo, todos tenemos un jefe aunque seas tú el jefe, irónico, ¿verdad? Siempre hay alguien por encima de ti que te obliga a tomar decisiones que tú no tomarías, y lo haces porque tu propio futuro está en juego.

          Pero la imaginación también sirve para crear mundos de ensueño y aislarte a ratos de la cruda realidad que nos envuelve. Es una sensación preciosa saber que puedes crear un mundo solo para ti e ir a él cada vez que quieras sin olvidar lo que hay a la vuelta. La sensación de cerrar los ojos e imaginar calles enteras que no podrías describir a la perfección aunque quisieras. El éxtasis al notar cómo se acelera el corazón cuando absorbes los aromas y difuminas los colores de un mundo imaginario. Y aún así, en tu propio mundo, crujirá la palabra libertad al romperse y se impondrá un sistema dictatorial.

          ¿Quién gobierna tu mundo y dice lo que tiene que existir y cómo?

 

Ciclos

 
          Dulce armonía. Melodía sin sabor que algunas veces despide cierto tufillo amargo. Pero así es la vida.
          Hace poco tiempo leí el libro de un amigo al que no voy a mencionar por no caer en lo patético del peloteo, pero él bien sabe quién es. Y si no lo sabe, lo sabrá en breve. En su relato contaba que el cosmos traza un círculo y, cada ciertos miles de años, cuando se cerraba el círculo, todo comenzaba de nuevo: Las mismas vidas, los mismos sucesos, etc. Para que lo entendáis mejor, algo parecido a la película de la puñetera marmota, Atrapado en el tiempo. Sí, en la que sale el de los Cazafantasmas.
          Creo que no se equivoca, al menos no tanto. No puedo decir que esas cosas pasen de verdad, sería increíble, pero sí que es cierto que nos ocurre en pequeñas dosis durante nuestra vida cotidiana. Abrimos un círculo cuando nacemos y lo cerramos cuando damos nuestro último campanazo. Es lo que hay.
          Y esta tarde, que estaba tan tranquilo tomándome un café, me he dado cuenta de que nuestra vida es repetitiva. Es como vivir en un bucle que se autorebobina cada X tiempo. Te levantas una mañana, te miras al espejo y te dices: “Pero qué grande soy, qué bien me va todo.” Que llega un día en que te levantas de la cama, te miras y no te dices nada porque no ves más que un montón de basura. Suele pasar, a mí me ha pasado. A tu vecino le ha pasado, a tu mejor amigo le ha pasado y, una vez más, nos subordinamos y pensamos: Es lo que hay, ya vendrán tiempos mejores.
          Y sí, vendrán tiempos mejores porque de eso se compone la vida, de ciclos. Lo bueno que tienen esos ciclos es, que cuando uno los sabe aprovechar, te aportan mucho, muchísimo. La parte negativa de estos ciclos es cuando nos damos por vencidos. A partir de ahí, lo único que nos puede deparar la vida es un camino oscuro. Un camino donde hay que tomar muchas decisiones de las que a ti no te corresponde ninguna, pues no estarás en condiciones de hacerlo. ¿Y qué pasa cuando dejamos que en nuestras vidas sean otros los que toman las decisiones? Pasa que modelan lo que ellos quisieran ser en nosotros mismos, destruyendo así nuestra escasa felicidad. Es un proceso lento y autodestructivo en el que poco a poco, todo lo que te rodea, es contaminado por tu falta de positivismo y voluntad de luchar porque lo que mereces, o quieres.
          No te bases en el consuelo de tontos para autocomplacerte. No te fijes en qué han fallado los demás para dar explicación a lo que te ocurra a ti. Se tú quien decida dónde quieres llegar y cómo quieres vivir. Y, lo más importante, aprende de tus errores, no los ocultes, no los olvides, tenlos presentes porque un día, te harán falta.

Lo que nos sobra y no tenemos

LO QUE NOS SOBRA Y NO TENEMOS
          Es increíble la cantidad de gente mala que pulula a sus anchas por el mundo. Y no sé si es un mal demasiado común en España, pero es lo que ven mis ojos y escuchan mis oídos.
          Vivimos en un país en el que importa más cuánta satisfacción personal consigas, que cuántos favores hagas a tus amigos. Vivimos en un lugar dónde es más fácil acusar en falso que dar una manotada en la espalda a un amigo, compañero, vecino o familiar, con la simple intención de dar ánimos. Y ahora, que estamos atravesando esta miserable crisis en la que los políticos se llenan la boca de un vocabulario pedagógico, y es cuando más unidos tendríamos que estar, resulta que es cuando el alma se nos esfuma e intentamos matar al vecino para quedarnos con lo que es suyo.

Historias Conjuntas: El nuevo despertar

Queridos lectores:

Lo que vais a leer a continuación es fruto de un “experimento” literario. Agradecerle a la La Rubia de la Bici por haber confiado en mí para este proyecto al que, por culpa de una inexorable falta de tiempo, no he podido atender como mereciera. Los primero capítulos de este relato conjunto, están en Confesiones de un Frantasma, y justo debajo de su recuadro de seguidores tiene un índice de los siguientes capítulos.
Yo ahora le paso el testigo a mi amigo Perro Gemelo.
Y aquí va el mío.
Un abrazo a tod@s y espero que disfrutéis.
Por Daniel Rubio
CAPÍTULO VIII
      Llegué al encuentro con mi primo en apenas un minuto. La confusión por lo acaecido en las últimas horas no me debía impedir continuar con mi vida. Me habían concedido una beca para entrar en la mejor universidad del país, ¿puedo arriesgarme a perderla por culpa de un sueño o una monomanía? No, no debo permitirlo. Debo centrarme y ordenar mi futuro. Deshacerme de esa voz que me atormenta en cuanto pretendo seguir con mi camino, pues no es más que eso, una voz sin nombre ni procedencia. Y comenzar, de una vez por todas, desde cero, una nueva vida en la facultad.

INFLUENCIAS

INFLUENCIAS
Iluso todo aquél que piensa que, con un puñadito de letras juntas, puede cambiar el mundo, ¿o no? Porque todo lo que somos no lo hemos hecho nosotros, siempre, en algún momento de nuestras vidas, ha habido alguien que nos ha influenciado y nos ha hecho cambiar el rumbo. Creo que, llegados a este punto en el que estoy convencido de que nadie se libra, es el momento de decir: Sí, se puede lograr.

La vida, con más calma por favor.


La vida, con más calma por favor.
Los problemas deben agonizar en nuestra mente sin extinguirse, para dejar tras de sí, la huella de la experiencia.
Somos muchos los que hoy en día tienen algún problema, bien sean por estrés, económicos, familiares, etc. Pero también es cierto que la mayoría de la gente cree que no les pueden hacer frente a todos esos problemas y, la mayoría de las veces, no es culpa de ellos. Habría que echarle la culpa a todas esas personas faltas de sentimientos, que se endiosan sin que nadie les reconozca ningún mérito, los que se empeñan en decirte una y otra vez que no tienes nada que hacer, normalmente, es el egoísmo el que está detrás de cada uno de esos agentes infecciosos, véase: Banqueros.

La vida es…

La vida es…
Parece mentira, que a pesar de cómo están los tiempos, que parece que el egoísmo nos susurra al oído cada vez que nos aventuramos en una empresa, del tipo que sea, todavía quede gente que de verdad siente, que de verdad ama, que de verdad llora cada vez que ve cómo uno de los suyos, progresa en la vida. Y cómo, sin ser escritor, sin saber encontrar las palabras que el desearía para expresar mejor lo que siente por su hija, y no solo por su hija, sino por un simple logro de ésta (simple es lo que nos parecería a muchos), lo plasma en un texto.

Oscuridad al sol, calor a la luna


Oscuridad al sol, calor a la luna
Vivimos en grandes ciudades y en pequeñas poblaciones. Somos capaces de habitar en lugares inhóspitos con la única intención de desafiar nuestra naturaleza física.
Pero lo cierto es que ella es quien nos desafía a nosotros. Es ella la que nos muestra lo crueles que podemos llegar a ser sin que aprendamos de nuestros errores. No habría guerras si fuese así. No existiría el egoísmo que nos gobierna cada día con objetivos puramente personales y no miraríamos hacia otro lado cuando se nos muestra el hambre.

Un puñado de letras juntas.

 
Un puñado de letras juntas.
Es increíble, a veces, cómo un puñado de letras juntas pueden abocar al lector a un sublime estado de ausencia y concentración extrema para imaginar, con total nitidez, una película mental. Por otro lado, me impresiona que ese mismo puñado de letras, pueda originar una reacción bien distinta en otro lector. No tiene porqué gustarle a todo el mundo, eso está claro, y nuestro bendito refranero, lo aclara todavía mejor cuando dice: “Para gustos, colores.”
Pero es que, en cierto grado, no deja de sorprenderme y me pregunto a menudo: ¿Cómo es posible? ¿Cómo ha podido este tío gustar a tanta gente y, en cambio, hay otro grupo bien numeroso que lo odia a muerte, o, simplemente, lo detesta?

Mensaje en una botella: Cuarentena. Parte IV

Te recomiendo que empieces por aquí, si es el primero que lees



Mensaje en una botella: Cuarentena. Parte IV
Condujeron a Christophe, junto a un numeroso grupo bien escoltado por soldados alemanes, hacia un pabellón llamado “Bloque 26”. Dentro, una docena de hombres esperaban su llegada.
Primero, les raparon la cabeza a todos. Luego, los obligaron a entrar en una especie de duchas y, tras lanzarles unos polvos sobre el cuerpo, los remojaron en agua hirviendo y, después, helada. El dolor que eso causó en los hombres fue insoportable. Christophe, hablando para sí, pidió perdón por vivir. Nunca se le había pasado por la cabeza que el ser humano fuese capaz de crear tanto sufrimiento. Cuando los alemanes dejaron de lanzarles el agua helada, entraron en los baños con la intención de amedrentar a los prisioneros. Algunos se quedaron en cuclillas en el suelo, y esos fueron los peor parados, pues los colocaron firmes a golpe de porra. Christophe se obligaba a sí mismo a no caer, aunque el esfuerzo estaba siendo sobrehumano, ya que le dolían las articulaciones. Pero aguantó.

El Papa visita Madrid

El Papa visita Viena. Debe de ir en la cabina blindada para la ocasión saludando a la peña.
El Papa visita París. Debe de ir en la cabina blindada para la ocasión saludando a la peña.
El Papa visita Madrid. Y como está hasta los cojones de ir en la cabina blindada para la ocasión saludando a la peña, le dice al chófer:
- Hoy conduzco yo hasta llegar al Paseo de la Castellana.

Mensaje en una botella: Estanislao.

Primera parte, La llegada. 
Segunda parte, La cola. 
Tercera, Estanislao.

Por Daniel Rubio
Mensaje en una botella: Estanislao.




Mientras avanzaba al trote, rodeado de mujeres, niños y ancianos, Estanislao lanzaba de vez en cuando una mirada hacia atrás con la esperanza de ver qué sucedía con el joven Christophe; pero la oscuridad y la ventisca, a la que se unían tímidos copos de nieve que caían, se lo impedían.
—¿Alguien sabe adónde vamos? —preguntó.
—Van a desinfectarnos —contestó un anciano.
Estanislao contemplaba nervioso cuanto le rodeaba. Sin embargo, por un instante, pensó que todo era una broma macabra. No veía necesario la forma en que los militares escoltaban al numeroso grupo. ¿Qué iban a hacer un puñado de niños, mujeres y ancianos? Nada. Eso le hizo ponerse en guardia y, sin darse cuenta, aminoró la marcha.
Poco a poco se iba quedando rezagado del grupo, parecía estar flotando en una nube, por todo lo que le pasaba por la cabeza mientras recordaba aquellas historias que se contaban donde él vivía antes de llegar allí. Él sabía que los nazis no eran muy amigos de los polacos; es más: los despreciaban. Y siempre había estado convencido de que si, además de polaco, hubiese sido judío, habría llegado antes a Auschwitz.
Mientras perdía terreno enfrascado en sus cavilaciones, un niño de unos ocho años cayó al suelo debido al cansancio y al frío. Lloraba al tiempo que buscaba a su madre entre la multitud, sin hallar rastro de ella. Todo el mundo parecía avanzar en un estado fantasmal, sin alma; algunos llegaron a esquivar al pequeño sin molestarse siquiera en mirarlo. Estanislao vio cómo uno de los guardias señalaba al niño a la vez que susurraba algo en el oído de un compañero. Entonces, aceleró el paso intentando llegar antes que él. Para ello, fue abriéndose paso a codazos entre la multitud, incluso tiró al suelo a un par de ancianos que trataron de sujetarlo y le hicieron perder un valioso tiempo, pues, a causa de ello, el soldado llegó antes al encuentro del niño. A pesar de que era demasiado tarde, no se rindió y continuó con su perturbado avance bajo la mirada divertida de un par de soldados que se habían percatado de ello.
El soldado atrapó al pequeño por el tobillo y lo arrastró por la nieve hasta que lo separó del grupo. El niño no dejaba de llorar, pero tampoco ofrecía resistencia: no tenía fuerzas para más.
Estanislao se lanzó en un rápido y último esfuerzo encima del soldado cuando apenas le faltaba un metro para llegar. El otro soldado, que estaba a un par de metros de ellos, disparó y alcanzó a Estanislao en un muslo. Pero eso no impidió que este cayera encima del primero y, tras un breve forcejeo, le arrancara el arma, que pendía descuidada de su hombro. Desde el suelo, disparó al soldado que había arrastrado al niño hasta el linde del camino, el cual le cayó encima derramando su sangre sobre él. Tras quitárselo, se puso de pie, gritando como una bestia, y disparó a bocajarro a los soldados. Dos se desplomaron fulminados, otro cayó al suelo con un balazo en un hombro. A los demás les dio tiempo a lanzarse al suelo para protegerse de las ráfagas desordenadas hasta que un francotirador, ubicado en una de las numerosas torretas, acertó de un solo disparo en la frente de Estanislao, destrozándole el cráneo.
Estanislao cayó al suelo de rodillas. En ningún momento soltó el gatillo de la ametralladora. Parecía como si el mismísimo diablo hubiese poseído su cuerpo y quisiera infligir el mayor daño posible… incluso después de muerto.
Continuará…

Mensaje en una botella: Cuarentena

El destello de un recuerdo, 20 años después

Por Daniel Rubio, basado en el original de María Gladis Ossa Velásquez

El destello de un recuerdo, 20 años después.




Un recuerdo es algo ignífugo, algo inmaterial que parece no existir hasta que regresa. Entonces se convierte en algo palpable, que existe, que se vive y que, en muchas ocasiones, te amarga la existencia.
David apoyó la frente en el volante de su coche. Cerró los ojos e intentó recordar cómo era su hermana hace veinte años. Había pensado tanto en sus hermanos que ahora los recuerdos titilaban inocentes por su cabeza como una gota de agua que agita el vaso al caer. No la veía desde el nefasto día en que su madre murió de sobredosis.
El recuerdo permanecía doloroso en su interior. Después de aquello, intentó olvidarlo todo, pero su mano desfigurada lo devolvía a la realidad y lo conducía a aquel día en el que cayó preso del pánico, la ira y la impotencia al ver a su madre terminar con su existencia, dejando tras de sí tres vidas inocentes. Recordó que empezó a golpearla como un loco hasta que su pequeña mano se hinchó por el daño en las articulaciones. Aunque le daba miedo admitirlo, él creía que su mano inútil fue un castigo por haber golpeado con tanta rabia a su difunta madre.
A pesar de que habían pasado muchos años, aún permanecía nítido el recuerdo de todo lo que sobrevino aquella noche. Recordó que dejó a sus hermanos en el piso e intentó pedir ayuda en la calle a todo el que pasaba por allí, encontrando negativas huidizas hasta que se topó con el coche patrulla.
Durante los últimos veinte años había intentado averiguar qué es lo que había sucedido con sus hermanos, pues tan solo sabía que la policía se los llevó del piso aquella misma noche. Él huyó de allí antes de que los sorprendidos policías hicieran el amago de cogerlo para llevarlo junto a sus hermanos.
Aquella noche, David corrió hasta quedar exhausto en un descampado cercano a la Avenida de la Plata, donde hizo noche hasta el día siguiente. Estuvo recorriendo durante varios días las calles de una Valencia gris por aquellos años. Comía cuando robaba alguna cosita por ahí y dormía donde veía conveniente, en lugares poco transitados, evitando ser visto. Hasta que un día, conoció a Isabel.
Recordó cómo la mujer llevaba días observándolo y cómo él, huidizo, intentaba evitar aquella extraña mirada. De todos modos, aquella mujer hacía que la supervivencia en las calles fuera más fácil, pues siempre le dejaba algo de comida cerca.
Una tarde en la que David examinaba los bollos que había podido robar en una panadería, Isabel se acercó sigilosa por su espalda y le puso una mano en el hombro. El calor que sintió David en aquella mano era todo el amor que no había encontrado en su corta existencia.
—¿Qué haces por aquí, muchacho?
—Nada.
—¿Y tus padres?
—No tengo.
Isabel lo miró con el rostro contraído por la tristeza. Sabía que la decisión que estaba a punto de tomar quizá le traía algún que otro inconveniente, pero no soportaba la idea de dejar allí a un muchacho que apenas levantaba medio palmo del suelo. ¡Por Dios, que no podía hacerlo!
Lo llevó a su casa y le preparó una habitación en la que solo había una cama y un escritorio. David, en cuanto vio la cama, después de varios días por ahí, pernoctando donde podía, la cogió con gusto y durmió hasta el día siguiente de un tirón.
Isabel, con el paso del tiempo y por recomendación de sus más inmediatos, realizó los trámites para acoger al niño.
Con el paso de los años, David se mostraba cada vez más inquieto. Su conciencia lo torturaba prácticamente todos los días, hasta el punto de que, como no podía concentrarse en los estudios, acabó dejando el bachiller a medias y pasó a buscar trabajo. A Isabel no le parecía bien, pero poco podía hacer para que cambiase de idea.
Durante la comida, cada vez con más asiduidad, David comentaba cosas acerca de sus hermanos. Nada en específico: lo suficiente como para dejar entrever cuánto los echaba de menos.
El joven sabía que la mujer le había dado todo cuanto podía, pero lo que nunca pudo imaginar es cómo Isabel, con esfuerzo y empeño, trataba de hallar una fórmula para sanar su herida. Jamás creyó que una extraña, que se sentía más que satisfecha con solo tenerlo cerca, pudiese hacer tanto bien.
David se revolvía incómodo en el asiento del coche. Recordó que hoy cumplía veintinueve años y que tal día como hoy, hace seis años, Isabel y su sobrina Alicia, la mujer con la que hoy comparte su vida, emprendieron su negocio de lavandería. Desde ese día, siempre celebran que el destino los haya unido de esa forma y cierran el negocio durante unas horas para salir a comer por ahí. Por eso, no entendía el empeño que tenían las dos en mandarlo a un servicio urgente. Estaba cabreado, pero esa cara que ambas mostraban, como de satisfacción, esa mirada brillante con que le habían pedido que cumpliera el encargo, no le permitía enfadarse con sinceridad, aunque le molestaba.
Sacó el libro de albaranes para comprobar que estaba en la dirección correcta. Seguidamente, salió del coche para dirigirse a la vivienda y tomar nota del trabajo que tenían que hacer. Buscó un timbre al que llamar, pero no había. Miró a los lados y pudo ver que, en un escaso jardín, había juguetes esparcidos. Le pareció bonita la idea de ser padre, pero Alicia no podía quedarse embarazada. Se volvió hacia la puerta y tocó el picaporte que colgaba de ella. Tocó demasiado flojo y ni un sonido en el interior daba señales de vida. Golpeó con más fuerza y, entonces, pasos alegres y juguetones corrieron hacia la puerta.
—¡Ya voy yo! ¡Ya voy yo, mamá!
La puerta se abrió tímidamente y, tras ella, asomaba el rostro angelical de una niña preciosa. Tenía el pelo rubio y liso, los mofletes sonrosados y una sonrisa inocente en la boca que provocó un hormigueo extraño en David.
«Esos ojos…», pensó un instante antes de que una mujer abriera la puerta del todo.
—Hola —dijo la mujer.
David la miró fijamente. El hormigueo fue en aumento a la par que sus ojos se inundaban de lágrimas cristalinas que recorrían su rostro con una lentitud pasmosa. La mujer lo acompañó tapándose el rostro. La niña miraba a ambos sorprendida porque no comprendía qué estaba sucediendo. Después, Gema rompió en un llanto profundo y angustiado. David se colocó frente a ella, agarrándola por los hombros y abrazándola como siempre había deseado.
Tras pedirle perdón entre llantos, preguntó por su hermano, pero la respuesta que recibió empañó la alegría que estaba viviendo. Francisco había muerto, al poco tiempo de haber sido separados, a causa de un fallo cardíaco producido por las drogas que su madre había consumido durante el embarazo. Sin embargo, había recuperado parte de su vida.

Nota: Toda historia merece un final feliz o casi feliz. Quiero darle las gracias a María Gladis por haberme mandado el texto original para que pudiera adaptarlo a la historia que, según ella, la motivó a escribirla. MIL GRACIAS, MARÍA.

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Poco a poco, a lo largo de las mesas, se iban formando colas que los alemanes habían improvisado. El frío era cada vez más espeso y la falta de abrigo de algunos de los viajeros provocaba desmayos repentinos y constantes temblores. Christophe no podía más que admirar con horror todo lo que se presentaba ante sus ojos y, mientras las colas avanzaban lentamente hacia las mesas, él permanecía quieto en el mismo lugar en el que había tomado tierra. Ya apenas sentía los pies, y tenía las manos y las articulaciones entumecidas por el frío. Su mirada no era limpia; se veía ensuciada por una extraña conciencia que había tomado forma en su ser.
—Spaziergang!*
Christophe se giró sobre sus pies, asustado por la potente voz que había nacido a su espalda. Un fusil de asalto stG 44 le miraba a los ojos y, tras él, un soldado que, con el rostro contraído por el desprecio y el odio, mantenía tenso el dedo índice en el gatillo.
—Spaziergang! —volvió a gritar.
—No entiendo alemán. ¿Habla usted francés? —preguntó Christophe con voz miedosa mientras alzaba las manos en un intento desesperado por evitar la violencia.
—Jewish Art von Scheiße! **
De repente, sin tiempo para una nueva súplica, recibió en las costillas un fuerte golpe que le propinó alguien a quien no pudo ver. Cayó al suelo casi sin respiración y fue entonces cuando el soldado que tenía al frente aprovechó para darle una patada en la boca y lanzarlo sobre la nieve. Christophe intentó levantarse mientras saboreaba su propia sangre, pero un nuevo golpe, esta vez en la boca del estómago, lo dejó encogido en el suelo. Después, notó cómo alguien, tras agarrarlo por las axilas, lo arrastraba por la nieve y lo devolvía a la cola. El muchacho miró a quien lo conducía: llevaba uno de esos uniformes de rayas y tenía una porra en la mano. Algo le dijo que los golpes que ese extraño le había propinado le habían librado de una muerte segura. Cuando por fin lo soltó, le dijo:
—Deberías haberte puesto en la cola sin más —dijo y se alejó dejándolo solo.
Christophe se levantó con la ayuda de otro hombre que estaba en la cola.
—Hola. Me llamo Estanislao, soy polaco, ¿y tú?
—Me llamo Christophe, soy francés.
—¿Eres judío?
—Sí y seguramente por eso estoy aquí; pero ¿por qué estás tú?
—Desde luego, no por ser judío.
Christophe no comprendía lo que le acababa de responder su nuevo amigo. Sin embargo, siguieron charlando hasta que llegaron a la mesa, donde un hombre que vestía un uniforme algo más elegante les preguntó sin mirarles.
—¿Oficio?
Christophe iba a contestar, pero recibió un golpecito en el tobillo y Estanislao se le anticipó.
—Albañiles, señor.
Entonces, el hombre de la mesa levantó la mirada.
—¿Acaso te he preguntado a ti, basura? —dijo violento y se dirigió a Christophe—: ¿Oficio?
—Albañil —su timbre de voz denotaba nerviosismo, pero, por suerte, el alemán no se había percatado de ello.
—Muy bien, judío; dame tus papeles.
Tras escribirle a boli un número en el antebrazo, le indicó el nuevo camino a seguir, y allí perdió de vista a Estanislao, al cual vio caminar en dirección contraria tras la orden del militar.

* Camina.
** Camina, judío de mierda.

Continuará…

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Mensaje en una botella: La llegada.

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Por las rendijas que dejaban las maderas mal encajadas del vagón, penetraba un silbido invernal del que solo podían disfrutar los que estaban comprimidos contra ellas. El resto, alrededor de cien personas, se tenían que conformar con que el de enfrente les echase el aliento. Por el vagón viajaban distraídos los llantos de algún niño, y el consuelo que le ofrecía la madre en forma de susurro servía de bálsamo para el resto de viajeros, a los que, hacinados como si fuesen ganado, les vencía la incertidumbre al no saber qué es lo que ocurría exactamente. Lo demás era silencio, a excepción del traqueteo del tren.
Tras largas horas de viaje, aglomerados en los vagones, el hedor a sudor rancio se extendía como un virus por el vagón. El calor era insoportable, a pesar de que en el exterior hacía casi veinticinco grados bajo cero. El llanto de los niños era tenue y fúnebre. Las madres ya no consolaban a nadie, estaban derrumbadas, como si el diablo les hubiese robado el alma. Y los hombres, con la mirada perdida en la oscuridad, se preguntaban para sí mismos: “¿Por qué nos abandonas, Yahveh?”
Un hombre anciano sacó de un bolsillo una cajita y desenrolló el pergamino que albergaba en su interior. De su boca nació un rezo celestial en hebreo que pronto llegó a todos los rincones del vagón. Todo el mundo prestaba atención a ese rezo; lo demás estaba hueco, como estar entre el infierno y el cielo.
La gente que viajaba en el interior de los vagones soltó gritos de pánico al notar cómo el tren, quejumbroso entre chirridos, pedía frenar. Era de noche y la temperatura rondaba los veinticinco grados bajo cero. Una hilera de soldados vigilaba cada salida en todos los vagones mientras otros, una veintena de militares uniformados, hacían salir a la gente intentando calmarlos con falsas esperanzas.
—Tranquilos, tranquilos, no os pongáis nerviosos. Ahora os vais a dirigir a aquellas mesas, en calma y con los documentos en la mano, para que estéis identificados. Luego se os dará ropa nueva y os dirigiréis a las duchas para después reuniros con vuestra familia.
Christophe lo contemplaba todo a su alrededor, iluminado por los potentes focos que dirigían su cálida mirada hacia los trenes. Mientras los vagones eran desalojados, llegaban trabajadores con un uniforme distinto: vestían un traje de rayas azules desgastadas y sobre la cabeza portaban la versión ridícula de un sombrero de marinero que protegía ineficazmente del frío sus rapadas cabezas. Casi un centenar caminaban al trote, en dirección al tren, empujando carretillas. Unos soldados equipados con linternas subían a los vagones para revisarlos a fondo. De vez en cuando, una voz brotaba del interior:
—Fünf Erwachsene und zwei Kinder tot!
Christophe no hablaba alemán, pero pudo oír cómo una mujer que había a su lado traducía en voz baja.
—Cinco adultos y dos niños… —la mujer miró a los ojos de Christophe y este, a su vez, la miró con esperanza— han muerto.
Los hombres que vestían de rayas se agolpaban a las puertas del vagón con las carretillas y cargaban los cadáveres que los soldados lanzaban a la nieve, con un reflejo en el rostro endurecido y, en cierto modo, alegre.
Los gritos en alemán se mezclaban con los llantos de las madres y familiares de los que habían dejado su espíritu en el viaje. Un hombre de unos cuarenta años intentó huir y fue abatido con dos ráfagas provenientes de una MG-15, tiñendo el blanco níveo y virgen de la nieve en un tono purpúreo. El pánico se extendió entre los que acababan de llegar, pero mantuvieron la calma que les habían impuesto.
Aquel 17 de enero de 1943 perduraría en su memoria para siempre. Christophe tenía dieciocho años.
Continuará…



Mensaje en una botella: La cola

El destello de un recuerdo, parte IV

Por Daniel Rubio
El destello de un recuerdo, parte IV

Cierras los ojos. Quieres recordar. Quieres que salgan sin prisa y que revoloteen felizmente por tu cabeza. Quieres volver al día más feliz de tu vida… pero no lo consigues. Una vez más, te ha cogido desprevenido e inunda tu alma con el peor de los recuerdos. Entonces, lloras.
Natalia había fundido y consumido varias micras de heroína y su conciencia se veía alterada por la droga. David se mantuvo firme en su constante vigilancia. Miraba a su madre con asco y miedo. Natalia le devolvió la mirada brevemente y cayó fulminada en el sillón. Al principio, David no supo cómo reaccionar. Miró hacia un lado y hacia otro en un intento absurdo de que alguien le ayudara, pero estaba solo. Comenzó a respirar de un modo salvaje, a sacudidas, como si el corazón no le cupiese en el pecho y quisiera salir de su reducido hueco. La rabia que le producía saber que él no podía hacer nada le hizo correr hacia el cuerpo inerte de su madre, arrancarle la plata de las manos, hacerla una bola y lanzarla de allí con un puntapié. Después, montado en cólera irracional, la agarró por los pelos y comenzó a darle golpes continuos mientras berreaba como si el diablo le hubiese arrancado el alma.
Gema salió de la habitación con el pantalón manchado por el orín que aún goteaba. Se quedó mirando cómo su hermano golpeaba salvajemente a su madre. Y, al ver aquello, rompió a llorar angustiosamente, dejándose caer al suelo. Francisco también comenzó a llorar, provocando que la mezcla de sonidos tan dispares taladrara como un cóctel de sonidos fabricados por algún demente.
Tras una hora golpeando a su madre, David se detuvo extenuado por el tremendo esfuerzo y la consecuente falta de oxígeno. Miró a su hermana, que todavía permanecía en el suelo, y miró sus manos. En una había un mechón de pelo negro como el tizón, grasiento y estropajoso; en la otra, un hilillo rojo que goteaba silenciosamente por entre sus dedos. Le dolía la mano, la tenía hinchada. A pesar del cansancio, se dirigió tranquilamente hacia el lavabo y se quitó la sangre. Después, con la mano hinchada y amoratada, fue adonde estaba su hermana, se arrodilló ante ella y le susurró que se fuera a dormir. Gema obedeció al instante, pero desconfiaba de su hermano.
David, tras permanecer unos minutos, en el lugar que antes ocupaba su hermana, mirando el desfigurado rostro de su madre punteado en sangre, fue a por Francisco, que todavía lloraba en la cuna. El llanto del pequeño cesó en cuanto notó los brazos de su hermano, que se quejó brevemente del dolor que tenía en la mano cuando quiso abrazarlo con fuerza. Lo llevó a su habitación y lo acostó junto a su hermana, la cual lo abrazó con ternura. A continuación, salió al patio de la finca e intentó en vano que algún vecino le ayudara. Cuando se dio por vencido, se echó a la calle. Eran las tres y media de la mañana y las calles se presentaban infaustas y solitarias. Caminó hacia el Mercat Central y por el trayecto fue derramando dulces lágrimas de cristal.
Cuando se encontraba con alguien, solicitaba ayuda, pero todo el mundo huía de él como si portase algún tipo de enfermedad contagiosa. Siguió caminando hasta que, cerca del ayuntamiento, lo paró un coche de la policía nacional. Sin darle tiempo al policía a que preguntase nada, David dijo:
—Mi mamá no está. ¿Me pueden ayudar?
FIN El destello de un recuerdo, 20 años después
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